Los pioneros de la Aeroposta, industriales y pilotos

Los pioneros de la Aeroposta, industriales y pilotos

Sin la obstinación de dos industriales, sin el coraje y el heroísmo de los primeros pilotos, la Aeroposta jamás habría logrado cubrir esas líneas, unir América del Sur, cruzar la cordillera de los Andes. Muchos de estos pioneros perdieron la vida al realizar una de las aventuras humanas más bellas, la mayoría de ellos quedaron en el anonimato, y otros, se transformaron en leyenda.

Pierre-Georges LATÉCOÈRE, el industrial visionario

A los 22 años de edad, el estudiante Pierre-Georges Latécoère se vio obligado a retomar la empresa de su padre, que acababa de morir. Allí estaba, inmerso en la fábrica de vagones para los ferrocarriles en plena expansión. Francia lo convocó a hacer la milicia en 1914, rápidamente lo desmovilizaron pero tuvo tiempo de darse cuenta que su fábrica de Montaudran, cerca de Toulouse, podría fabricar piezas de artillería y vehículos militares para Francia durante la guerra. En 1917, el fabricante de aviones Salmson le confió la fabricación de 600 biplanos de ataque.

Luego del armisticio, una idea nacía en Latécoère: transformar los aviones de guerra en aviones de transporte. Luego otra: crear una línea aérea postal que llegaría hasta América del Sur. En aquella época, ningún avión podía recorrer más de 400 kilómetros… “Volví a hacer todos mis cálculos, éstos confirman la opinión de los especialistas… mi idea es irrealizable. Sólo me queda una cosa por hacer: ¡realizarla!” Con su amigo Beppo de Massimi, antiguo oficial aviador, comenzó las pruebas. En Navidad de 1918, cruzó los Pirineos hasta Toulouse e inauguró las Líneas aéreas Latécoère. En marzo de 1919, llegó hasta Rabat, en Marruecos, una proeza que le aseguró el apoyo del gobernador francés. Además de su tenacidad, Latécoère sabía rodearse: contrató a Didier Daurat y a excelentes pilotos como Mermoz, Guillaumet, Saint-Exupéry…

Su historia se confunde con la de la Aeroposta hasta 1927, fecha en la que debido a dificultades financieras, le confió la línea a Marcel Bouilloux-Lafont. Continuó fabricando aviones para la línea e hidroaviones, hasta su fallecimiento, en 1943. El grupo Latécoère existe todavía, fabrica repuestos para los constructores de aviones.

																	  																  

Marcel BOUILLOUX-LAFONT, el empresario providencial

Francés de Brasil, Marcel Bouilloux-Lafont era un empresario audaz, muy conocido en América del Sur donde tenía actividades en las obras públicas, los ferrocarriles, el banco… Al principio se mostraba escéptico con el proyecto de Latécoère, que se desvivía por encontrar fondos y el apoyo gubernamental que le permitiría prolongar la línea postal hasta América del Sur. Por patriotismo, Bouilloux-Lafont decidió salvarlo de la quiebra al comprar su compañía en 1927, que pasaría a llamarse en adelante Compañía General Aeropostal. Su sociedad de obras públicas permitió la rápida construcción de aeródromos. Luego de la crisis de 1929, Bouilloux-Lafont no logró salvar la compañía, el gobierno y el Parlamento francés le negaron toda ayuda. Murió en 1944, en su habitación de hotel de Río, arruinado.

																	  																  

Didier DAURAT, el espíritu de la línea

Veterano de la Primera Guerra Mundial, piloto experimentado, tenía como misión lanzar la línea regular Toulouse-Casablanca, el proyecto en el que nadie creía. Y para armar la línea, hacía falta ser capaz de tomar riesgos mortales a bordo de aviones de guerra inadaptados. Daurat impuso entonces el método que sería leyenda, el de un hombre duro, inflexible, que no andaba con contemplaciones. Los pilotos que flaqueaban eran licenciados, las esposas preocupadas no eran recibidas. El reglamento bien estricto se basaba en la puntualidad, el rigor, la adhesión total al proyecto. El correo debía llegar, a todo precio. Los pilotos que arrancaban debían comenzar por el aceite usado, por el taller, para armar, desarmar los motores, limpiar el material, aprender a conocer las máquinas de memoria. Aún cuando uno se llama Mermoz y ya haya hecho sus proezas.

Jefe admirado u odiado, Daurat impuso el proyecto: primero la línea Toulouse-Casablanca, luego la prolongación hasta Buenos Aires y Santiago de Chile. Con su método, la Aeroposta no sólo funcionaría, sino que lo haría con puntualidad y confiabilidad. A un precio: en doce años desde Toulouse a Santiago, 121 hombres perdieron la vida. Didier Daurat murió en 1969 y obtuvo el privilegio insignia de ser enterrado en el aeródromo de Toulouse-Montaudran, antigua base de la Aeroposta.

Saint-Exupéry se inspiró en Daurat para crear su personaje de Rivière, en Vuelo nocturno: “El reglamento, pensaba Rivière, se asemeja a los ritos de una religión que parecen absurdos pero que modelan a los hombres. Le era indiferente a Rivière ser justo o injusto. […] El hombre era para él, una cera virgen que había que moldear. Había que darle un alma a esta materia, crearle una voluntad. No pensaba esclavizarles con dureza, sino lanzarlos fuera de ellos mismos.”

																	  																  

Henri GUILLAUMET, el as de los ases

El mejor de los pilotos”, autor de tantas hazañas. Modesto, menos brillante que su compañero Mermoz, Guillaumet caracterizaba maravillosamente el espíritu de la compañía. Fue a la edad de 6 años, mientras ayudaba en un despegue, que Henri Guillaumet se enamoró de los aviones. Hizo su bautismo del aire a los 16 años, aprendió a pilotar y obtuvo su diploma en 1921, a los 19 años. Entró a la fuerza aérea en donde conoció a Mermoz. En 1926, se unió a las Líneas Latécoère, hizo su formación en los talleres luego transportó el correo hacia España. Prudente y confiable, Daurat le confió los primeros vuelos a Dakar. Luego los correos de América del Sur en la línea más difícil: Mendoza-Santiago de Chile.

En 1930, Guillaumet partió de Chile a pesar de las espantosas condiciones meteorológicas. Alcanzado por la tormenta sobre los Andes, aterrizó de emergencia cerca de la laguna Diamante, a 3.250 metros de altura, en la región de Mendoza. Durante dos días, permaneció prisionero de su carlinga y de la tormenta de nieve. Caminaría durante cinco días, agotado, con las extremidades heladas antes de ser salvado por un niño, José García. A Saint-Exupéry, que fue a buscar a su amigo, le diría las siguientes palabras que fueron célebres: “Lo que hice, te juro, ninguna bestia lo hubiera hecho.” Curado por un milagro, en adelante sería llamado “El Ángel de la cordillera”. El escritor contaría este desastre en Tierra de hombres.

Luego de la compra de la Aeroposta, Henri Guillaumet se volvió piloto de Air France, y marcó récords. El 27 de noviembre de 1940, estaba a cargo de una peligrosa misión en plena guerra: llevar al embajador Jean Chiappe hasta Beirut. Su avión fue derribado sobre el Mediterráneo por un avión de caza italiano.

																	  																  

Jean MERMOZ, el Arcángel

En 1920, Jean Mermoz, de 18 años, se alistó en el ejército francés y eligió la aviación. Destinado en Siria, tuvo la oportunidad de descubrir el desierto y realizar horas de vuelo. Lo desmovilizaron en 1924, intentó encontrar trabajo en el sector aéreo, y recibió una propuesta de Didier Daurat, de las Líneas Latécoère. Un impulsivo y cabeza loca que sin embargo debió comenzar como todo el mundo, como mecánico en el taller. Pero rápidamente tuvo la oportunidad de mostrar sus talentos en una Aeroposta naciente: Toulouse-Barcelona, luego Barcelona-Málaga, Casablanca, Dakar. Luego vino el primer vuelo sin escala Toulouse-Saint Louis de Senegal, en 1927, con Négrin. Ese mismo año, Marcel Bouilloux-Lafont, que recién había comprado la compañía, lo envió para efectuar reconocimiento a Río de Janeiro, luego a Buenos Aires para desarrollar el correo postal hasta América del Sur.

Mermoz es uno de los pilares de la línea aérea, estaba en todos los vuelos experimentales. En 1930, agregó otro triunfo a su lista al realizar el cruce del Atlántico Sur, entre Saint Louis de Senegal y Natal, a bordo de un Late 28. Nada lo detenía a Mermoz, ni haber sido secuestrado en el desierto en África, ni el haber realizado aterrizajes forzosos en plena cordillera de los que pocos hombres habrían sobrevivido. El 7 de diciembre de 1936, a bordo de La Cruz del Sur, aquél al que apodaban el Arcángel, desaparecía para siempre sobre el Atlántico, dos días antes de su cumpleaños número 35. En el aeropuerto de Buenos Aires, en Aeroparque, un monumento le rinde homenaje, y el liceo franco-argentino lleva su nombre.

																	  																  

Antoine de SAINT-EXUPERY, la memoria de la línea

Durante las vacaciones de 1912, Antoine de Saint-Exupéry, de 12 años de edad en ese entonces, descubría los aviones en el aeródromo de Ambérieu-en-Bugey, cerca de su casa. Pretendiendo haber obtenido la autorización de su madre, logró realizar su bautismo del aire. Así nació su pasión.

Llamado en 1921, realizó su servicio militar en el Regimiento de aviación de Estrasburgo, donde aprendió a pilotar. La primera obra publicada de Saint-Exupéry, en 1926, se intituló El Aviador. El mismo año, lo reclutó Didier Daurat en la base aérea de Toulouse-Montaudran, para las líneas Latécoère. Realizó los vuelos de correos entre Toulouse-Casablanca y Casablanca-Dakar antes de que lo nombren jefe de escala en Cabo Juby, en Marruecos, en la ruta entre Toulouse y Dakar. Desarrolló sus virtudes de diplomático con las tribus moras, que tenían como costumbre tomar como rehenes a los pilotos que acababan en el desierto. En la soledad de la noche, escribió Correo del Sur, inspirado en sus propias experiencias a través del personaje del piloto Bernis. En 1929, se unió a Mermoz y Guillaumet en América del Sur, en Buenos Aires, donde fue nombrado en la Aeroposta Argentina. Creó la línea de Patagonia entre Comodoro Rivadavia y Punta Arenas, la línea aérea más austral, que sacó del aislamiento a todo el sur de la Argentina. Esta experiencia lo inspiraría para Vuelo nocturno.

Luego de la compra de la Aeroposta, quedó fuera de Air France, que sin embargo le conferiría algunas misiones: un raid aéreo de 11.000 km alrededor del Mediterráneo, otra entre París y Saigón durante el cual se estrelló en el desierto de Libia con su compañero de equipo Prévot, otra entre Nueva York y Tierra del Fuego donde los mismos pilotos fueron heridos en Guatemala. Dejó Francia, que estaba ocupada, en 1941 y se exilió en Nueva York. Luego de Tierra de hombres, publicó Piloto de guerra, y finalmente El Principito. En 1943, se unió a las fuerzas aliadas en África del Norte. El 31 de julio de 1944, partió de Córcega hacia un vuelo de reconocimiento, la víspera del desembarco aliado en Provenza, del cual éste ignoraba la inminencia. Jamás volvió de la misión. La víspera, había escrito a su amigo Pierre Dalloz: “Si me bajan, no me arrepentiré de absolutamente nada. El termitero futuro me aterroriza. Y detesto sus cualidades de robots. Yo, yo fui hecho para ser jardinero”. Piloto y escritor, testigo de su época, curioso, ecléctico y anticonformista. Antoine de Saint-Exupéry construyó la memoria de la Aeroposta, la leyenda de los Mermoz, Guillaumet o Daurat, relató la soledad del vuelo nocturno, la belleza de los paisajes vistos desde el cielo, la valentía de los pilotos. El aeropuerto de Lyon, donde nació en 1900, lleva su nombre así como innumerables calles de Francia, varias escuelas en Argentina, y también el aeropuerto de San Antonio Oeste, en Patagonia.

																	  																  

Vicente ALMANDOS ALMONACID, la posta argentina

Originario de La Rioja luego estudiante en Buenos Aires, Vicente Almandos Almonacid con motivo de un viaje a París, aprendió allí a volar y obtuvo su diploma de piloto en julio de 1914, justo cuando se declaró la Primera Guerra Mundial. El joven argentino se alistó en la Legión extranjera. Se formó en la aviación de caza durante toda la guerra, donde tuvo la posibilidad de conocer a otros pilotos. Volvió a la Argentina en 1919 con el grado de capitán y la insignia de caballero de la Legión de honor.
Al año siguiente, fue el primero en atravesar la cordillera sobre las altas cumbres, a bordo de un Spad de la Misión aérea francesa, desde Mendoza hasta Valparaíso, en Chile. Se lo apodó entonces “el cóndor riojano”. Bouilloux-Lafont le confió a él la misión de armar la Aeroposta Argentina, establecer contacto con las autoridades argentinas y abrir los lazos hacia Paraguay, Chile, la Patagonia. El aeropuerto de La Rioja lleva el nombre del fundador de la aviación comercial argentina.