Historia del viñedo argentino

Historia del viñedo argentino

Los argentinos se encuentran entre los más grandes consumidores de vino, y Argentina es el quinto productor mundial de vino.

La viña llegó a la Argentina, como a toda la Nueva España, en los barcos de los colonizadores españoles; y las órdenes religiosas, que necesitaban vino de misa, fueron las primeras viticultoras de la época colonial. Pero fue con las grandes olas de inmigración del siglo XIX que la vinicultura empezó a desarrollarse.

En 1853, Domingo Faustino Sarmiento, gobernador de Cuyo y futuro presidente de la República, contrata a un especialista francés, Nichel Aimé Pouget, para desarrollar el viñedo. Éste importa hacia Mendoza las cepas y los métodos de su país nativo con el fin de desarrollar una industria moderna. La región de Mendoza no fue elegida fortuitamente: su topografía, su geología, su clima la convierten en el lugar ideal. Con la ola de inmigración de fines del siglo XIX, proveniente mayoritariamente de Italia, España y Francia, la viña argentina se perfecciona y se enriquece con nuevas cepas. Habrá que esperar sin embargo los años 1980 para que Argentina ya no se contente con los vinos de mesa de gran consumo y ponga el énfasis en la calidad.

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Se realizaron varias inversiones para mejorar la tecnología, algunas con capitales extranjeros. Hoy el vino argentino, premiado en concursos internacionales, es reconocido y exportado a todo el mundo, sobre todo a Estados Unidos, a Canadá y al Reino Unido. Ubicada entre los paralelos 32 y 39, como Chile, Sudáfrica, Australia y Nueva Zelanda, la Argentina se convirtió en uno de los grandes productores de vino del Nuevo Mundo.

Mendoza forma parte hoy de la red de las ocho capitales del vino, con Burdeos, Florencia, Porto, Bilbao-Rioja, Melbourne, El Cabo y San Francisco. Y, merced a la altitud y al clima de las regiones vinícolas, los vinos argentinos tienen la fama de ser los más antioxidantes del mundo.

Los argentinos se encuentran entre los más grandes consumidores de vino, con 30 litros por habitante por año. Consumen de hecho la mayor parte de lo que producen, aunque Argentina sea el quinto productor mundial (y el 9º exportador). Como en todos los grandes países de cultura del vino, la tendencia es consumir menos pero productos de mejor calidad.

El vino acompaña maravillosamente el asado, plato típico de la cocina argentina. El vino tinto es, de lejos, el preferido, y la cepa dominante es el malbec. Sólo recientemente, con la modernización de la vinicultura, los cortes fueron perfeccionados. Contrariamente a Francia, donde el vino se escoge en función de su origen y no de su cepa; en Argentina se escoge primero la cepa, luego la región y el productor.

Cava Flichman, Maipu
																  															  

Los argentinos consumen poco vino blanco, y rosado menos aún, pero no desdeñan la champaña. Elaborada según métodos franceses, es presentada bajo el nombre de champaña, espumante, o a veces como “champagne”. Es de buena calidad y, otra vez, el énfasis puesto en la calidad, hoy en día les permite a los productores exportar.

Si en la ruta de los vinos, un argentino le ofrece un vino patero, no dude en catarlo: es fabricado artesanalmente, de forma tradicional, la uva aplastada con la fuerza de los pies (calzados con botas) y fermentado algunos días. Es un poco dulce, espeso y rústico, pero la experiencia vale la pena.

En 1987, Luján de Cuyo, en la provincia de Mendoza, obtuvo la primera denominación de origen controlado (DOC) de Argentina; San Rafael recibió la segunda poco después. Una DOC asegura la posibilidad de rastrear las cepas y el viñedo, el respeto de las normas de calidad y el estacionamiento en toneles de roble durante un mínimo de ocho meses y de doce meses en botella.

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Para ver :
– Nuestra carta de los viñedos argentinos